El ahora comandante en situación de
retiro de la Policía Nacional Miguel Ángel Canga Guzmán fue el comisario de la
comisaría de Andahuaylas que fue tomada a mansalva por Antauro Humala en los
primeros días de 2005.
En esta entrevista, relata con crudeza
el trato inmisericorde que recibieron los policías secuestrados durante cuatro
días por la horda liderada por el etnocacerista.
¿Qué ocurrió en los días previo al
ataque de Antauro Humala?
El 30 de diciembre de 2004 recibí una
información de que iba a haber un pase de droga y que vendrían unas cuarenta
personas. Mandé a mi jefe de investigación y efectivamente encontraron a
cuarenta personas en un hotel de San Jerónimo, a dos minutos de Andahuaylas.
No eran narcotraficantes: eran
integrantes del movimiento de Antauro Humala. Solo les encontraron un pantalón
camuflado y una bala de FAL. Como no había motivo suficiente, se les liberó,
pero indiqué al Servicio de Inteligencia que los siguiera.
¿En qué resultó ese seguimiento?
Entre las seis y siete de la noche del
31 de diciembre, el jefe de Inteligencia me informa que los etnocaceristas
habían fletado (alquilado) un camión y se dirigían hacia Abancay. Coordiné con
el capitán de Carreteras, quien me confirmó que habían pasado por el último
punto de control entre Abancay y Andahuaylas. Incluso, el jefe de Abancay me
dijo que tomaría sus medidas pero pasaron las horas y no me llamaba. Lo llamé
como a las once y media de la noche, y me preguntó: “¿Está seguro de que han
venido para acá?” Le confirmé que el personal de carreteras lo había
verificado.
¿Cómo llega a enterarse del ataque?
A las 3:45 de la madrugada yo estaba de
servicio en la Plaza de Armas con todo el personal. En eso me llamaron dos
efectivos que trabajaban en la sección de Investigación Criminal y me dijeron:
“Mayor, personal del Ejército está asaltando la comisaría”.
¿Qué decisión toma?
Tomé una mototaxi y, una cuadra antes de
llegar al punto, me bajé con mis efectivos. Como estaban desarmados, les dije
que se quedaran cerca. Me acerqué caminando y entré, nadie me recibió. Vi que
de la comisaría salía humo. Observé que los colegas que habían estado de
servicio estaban todos tirados en el piso, aproximadamente once efectivos en el
espacio entre la Comisaría Sectorial y la Comisaría de Andahuaylas. Yo iba
armado y estaba a punto de reaccionar cuando, por la espalda, sentí la cacha de
un arma larga en la nuca. Me apuntaron y me redujeron varias personas. Cuando
levanté la mirada, vi que algunos llevaban una vincha que decía “Ollanta”. Fue
entonces cuando me di cuenta de que no era personal del Ejército, sino los
etnocaceristas que ya habían tomado la comisaría.
¿Cómo fueron esos primeros momentos como
rehén?
Nos metieron a la oficina de Tránsito, a
la mano izquierda del ingreso a la comisaría. Llegó Antauro Humala, me
identificó como el mayor comisario y me entregó una carta diciéndome que ya
estaba de baja de la institución y que lo único que tenía que hacer era pelear
por su causa. La hice una ‘bolita’ a la carta y se la tiré por la cara.
Entonces le dije: “Si eres tan valiente, ¿por qué no me entregas mi arma? Nos
vamos al patio de honor, nos agarramos a balazos, a ver quién es más valiente”.
¿Cómo fue el trato durante los cuatro
días?
Nos insultaban, nos escupían, nos
vejaban. Revisaban nuestra comida con palos cochinos, escarbaban el fondo de la
sopa. Cuando se escuchaba un disparo afuera, venían cinco de ellos apuntándonos
y nos decían: “Por un etnocacerista que muera, mueren cinco de ustedes”. Al
segundo día, uno de mis colegas ya no resistió: comenzó a gritar, a hablar
incoherencias, se quebró completamente. Tuve que pedirle al personal de ellos
que lo sacara para que lo atendieran.
¿Cuál fue la participación de Antauro
Humala?
El primer día, Humala daba instrucciones
para que pusieran parapetos en las esquinas utilizando los vehículos policiales
como barricadas y ordenó quemar los muebles del lugar. El día 2, llegaron a
informarle que habían matado a cuatro policías. En ese momento él agarró y dio
vivas, vivas que habían muerto cuatro perros sirvientes del Estado. Así los
trató como cuatro perros sirvientes del Estado. Yo le reclamé desde el
calabozo, que estaba justo al costado. Le dije: “¿Por qué nos tratas como
perros? Nosotros somos del pueblo, igual que ustedes”. Me mandó a callar. Sus
hombres entraron y me golpearon. El tercer día, me llamó donde él había
instalado su oficina de comando y me preguntó por el teniente general Félix
Murazzo. Me dijo: “¿Tú conoces al teniente general Murazzo? Ha sido mi
catedrático cuando yo era cadete.” Me preguntó si podía confiar en él. Le
respondí: “El señor teniente general es un caballero, un oficial a carta cabal,
muy instruido. Sí puede confiar en él.”
¿Cómo asesinaron a los cuatro policías?
Ellos vinieron de apoyo desde Lima. El
capitán Carlos Cahuana, el teniente Luis Chávez y cuarenta efectivos realizaban
reconocimiento caminando por el costado del río. Los etnocaceristas estaban
apostados en el cerro Huayhuaca.
¿Por qué ahí?
Porque ese era el único acceso que veían
cuando la gente venía del aeropuerto: el Puente Colonial era el paso obligado.
Antauro, al parecer, les ordenó: “Pónganse ahí y no dejen pasar a nadie.”
También mandó gente al camino para interceptar a todos los que llegaran,
civiles o militares.
Cuando el capitán Cahuana con su gente
llegó al Puente Colonial, comenzaron a dispararles desde el Cerro Huayhuaca,
que estaba a unas dos cuadras. El personal, para evitar que los mataran, se
tiró al río, pero el río estaba crecido y se los llevó la corriente.
El capitán Cahuana quedó herido. El
teniente Chávez se quedó y pidió rendición. Usted sabe que en una guerra,
cuando uno se rinde ya no se le puede disparar. Pero estos inhumanos,
comandados por Antauro Humala, los mataron igual, pese a que estaban rendidos.
El teniente Chávez saltó al río y, para
su mala suerte, no cayó en el agua sino en una parte con piedras y lo mataron
por la espalda. Así murieron mis colegas. Y este miserable dice que fue el
Ejército.
El Ejército no llegó hasta que el
teniente general Félix Murazzo llegó a la ciudad. Recién entonces llegó el
general (José) Williams con toda su gente, se enfrentaron, tomaron el Cerro
Huayhuaca, los desalojaron de ahí y limpiaron la carretera porque seguía llegando
personal de apoyo. El aeropuerto también fue tomado por el Ejército con apoyo
de la Policía.
¿Cómo fue su liberación?
Hubo momentos, el día 2 y el día 3, en
que se fue la luz por la noche. Eso los enervaba: venían, nos insultaban, nos
escupían. Pero para entonces el personal de inteligencia ya me había comunicado
que esa noche intentarían rescatar la comisaría. Antes de eso, observé que
Antauro se dirigía hacia donde estaba el capitán Paiche, su segundo al mando,
como despidiéndose. Lo vi desencajado. Incluso, después de dar ‘vivas’, llamó
por teléfono a Ollanta (su hermano y expresidente peruano) y le dijo: “Ya
cumplí mi parte”. Sonaba desencajado, como si algo hubiera salido mal. También
recibió llamadas de Evo Morales (expresidente de Bolivia), de la excongresista
Nancy Obregón y de un general del Ejército a quien le dijo: “Mi general, ya
cumplí; ahora les toca a ustedes cumplir la suya.” El tercer día lo vi salir y
despedirse nuevamente del capitán Paiche, y ya no volvió. Fue porque ya había
sido detenido por el general Murazzo. El cuarto día llegó llorando el capitán
Paiche. Reunió a los alzados y les dijo que ya habían cumplido su cometido, que
se enfrentaron a las fuerzas del orden y les ordenó deponer las armas.
¿No hubo una negociación?
El capitán Paiche me dijo: “Mi mayor,
queremos deponer las armas, pero quiero que mi vida y la de todos esté
asegurada, que no nos pase nada”. ¿Por qué me decía eso? Porque ellos tenían
miedo a que entrara el Ejército. Si entraba el Ejército los iban a matar a todos,
y no solamente a ellos: también a nosotros, los rehenes, que posiblemente
íbamos a resultar uno, dos o tres con la misma suerte. Muertos. Entonces él
decía: “Quiero asegurar mi vida y la de todos los demás.” Le dije: “Fácil. Dame
un teléfono, sácame a donde haya línea, llamo al general Murazzo y le digo que
quieren deponer las armas pero primero quieren asegurar sus vidas”. Me sacaron
conjuntamente con el padre Paliza a un hotel que quedaba al frente de la
comisaría, donde había señal. Llamé al general: “Mi general, estoy acá con el
segundo de Antauro. Quieren deponer sus armas, pero primero quieren que se les
asegure la vida.” Él me respondió: “Canga, dile a ese señor que no se preocupe,
que acá está la Cruz Roja Internacional y otros organismos. Yo le garantizo su
vida”. Le dije al capitán Paiche: “Mi general dice que no hay problema.” Y el
general me confirmó: “Ya, mayor, no se preocupe.” Entonces me llevaron de
vuelta a la comisaría. Ya no me metieron al calabozo. Vi que con su gente
comenzaron a ordenar el armamento que habían sacado del almacén, lo formaron en
triángulo, y los hombres se sentaron en dos columnas.
¿Por qué cree que Antauro se entregó la
tercera noche?
Intentó convencer a sus huestes de
rendirse, pero la facción de Ayacucho, Cusco y Puno se negó: “De acá nos sacan
con los pies por delante.” Él ya no tenía autoridad sobre su propia gente. Se
fue sin decirles adónde iba. El general Murazzo lo había estado trabajando para
que depusiera las armas. Si el Ejército hubiera entrado por la fuerza, como le
ordenaba el gobierno, sí o sí hubiera sido una masacre. El general, director
general de la Policía, se peleó con el propio Toledo y le dijo: “señor
presidente, déjeme trabajar.” Le debo la vida a ese hombre.


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